Actualizando a don Quijote


La alarma del móvil despertó a don Alonso, que no había pasado buena noche. De un sobresalto cayó al suelo, incapaz de acabar con la melodía de Bisbal que Sancho le había configurado en su Nokia XPR7000. El fiel escudero se había convertido en un genio de las nuevas tecnologías. Ahora, con la edad y la experiencia, no se conformaba con desfacer entuertos. Se reconocía experto en las artes de bloguear, tuitear, chatear, programar, y toda actividad en boga que la tendencia señalara. Y a fe que lo era, con una soltura impropia de un mulero.

Amigo Sancho, a ls 10 en puerta dl cobertizo; reposta Touran, x favor. Salims en busca d aventuras, escribió en su teléfono sin comprender por qué había de eliminar vocales y artículos para que el aldeano le entendiera. Por unos reales más o menos.

Don Alonso se aburría en la aldea. No podía con la fama, ahora que el turismo rural había arrasado con todos los lugares de La Mancha, y después de todo lo sucedido en estos tiempos recientes. Sus buenos amigos se habían marchado. El cura estaba en una conferencia mundial, convocado por el mismísimo Sumo Pontífice. La que se había liado con las nuevas familias, los nuevos niños y los abusos del clero. Para colmo, hacía poco que una infanta había querido asistir a las clases del maestro con su disfraz de monja, éste se había negado, áquella amenazó con denunciarlo, y el final se escribió con el maestro arrastrando a la infanta de la oreja hasta la morada paterna, donde el maese padre había respaldado las intenciones filiales, y anunciaba querella por lo civil y por lo criminal, por agresiones a la oreja y porque su niña “es libre y soberana para vestirse como le salga del…”. El insigne profesor estaba recluido en una clínica con depresión profesional y, de regalo, se había enemistado con el cura por atentar, presuntamente, contra la libertad religiosa, por manchar el hábito de la niña. Consecuencia: el pueblo vivía sin maestro, ni cura. Ni barbero, porque éste cerró el negocio y se fue Bangkok después de que la esgae le reclamase con efectos retroactivos los derechos de sus casetes del Fary de los últimos cuarenta años. Maese barbero está en búsqueda y captura. Y luego estaba lo de Dulcinea, menuda guarra, solía decir Sancho.

Alonso Quijano andaba preocupado con las últimas nuevas en su noble oficio de la caballería. Todo se había desmadrado. Qué iluso el biógrafo Cervantes anunciando la muerte de tan noble ocupación, por falta de aventuras que correr, pensaba el manchego. En sus aposentos, y una vez que la sobrina se hubo emparentado con su amiga de la infancia, y ambas se fugaron a San Francisco, volvían a amontonarse modernos libros de caballería, que hablaban de conspiraciones planetarias, sectas, congregaciones para controlar el orden mundial, apocalipsis, moros y cristianos de toda clase, entuertos mil que uno era incapaz de abordar sin la debida documentación. Páginas y páginas que había absorbido el Quijote, además de la información que a diario le suministraba Sancho, en contacto con la vida a través del gugel y su aifón.

“A tierras del norte, mi querido amigo”, gritó el caballero, acomodado en el asiento del copiloto, junto a Sancho. “Quiero conocer de primera mano un suceso de magna preocupación que allá acontece. Las personas han dejado de entenderse. Dicen que aquello es Babelia, y no nuestra Hispania.

-Bien haría don Alonso en dejar pasar esta problemática. Que informado estoy, a tope, de lo que está ocurriendo, y es voluntad de algunos señores feudales el hablar cada uno a su modo. Han hecho ley de ello. Quieren levantar fronteras, otra vez, y encerrar a la descendencia, olvidando su noble historia e instruyéndolos en otra, que es corta y sin hitos que recordar. Pero es la suya, dicen. Esa batalla, querido Alonso, está perdida. Vayamos a la villa y corte, que anda revuelta de tormentos.

Asintió don Quijote y dejó navegando a Sancho. Camino al centro de la península distinguió el caballero molinos de viento jubilados y posadas con luces de neón que evocaron su amor por Dulcinea.

-Querido Sancho, ¿alguna vez indagas en el paradero de la del Toboso?

-Permitame, amigo Alonso, que blasfeme de la furcia. Que no tiene otro nombre, pues no ocupa estas posadas de carretera pero bien se adaptaría. El dinero está tanto en estos lugares como en esas funciones que representa a diario. Y me parece éste oficio más noble que el de la Aldonza.

Dulcinea aprovechó la fama, y como al final de tanta y tanta aventura no hubo tesoros, ni ínsulas, ni amores perdidos y recuperados,… se cobró venganza dando con su trasero en todas las televisiones del país. Allá habló de los daños que le había causado el Quijote, de las demandas que le había puesto, de lo mal que se habían portado sus buenos amigos con ella, a la que nunca aceptaron por ser del pueblo y para el pueblo. Ella, que había amado a Alonso en secreto, que apenas se resistió cuando el caballero se presentó en el Toboso, con toda la prensa, demandando su amor. Ella, princesa de batallas perdidas, había hecho fama alumbrando las falsas vergüenzas del caballero. Pasado el tiempo, agotadas las historias, una vez que los informantes habían dejado de perseguir al de la triste figura por todos los rincones de la Mancha, Aldonza Lorenzo se operó el culo, la nariz, las tetas y la boca, y oficiaba de analista de actualidad en los teatrillos catódicos de nuestro noble estado. Con notable éxito, y haciendo diccionario y escuela con expresiones como “¿mesecomprende?”. Compartía vida y confesiones con quienes hurgaban en los secretos de alcoba de nuestros legendarios caballeros, y ponían en solfa la decencia, valía y logros de los Díaz de Vívar, Rolando, Amadís de Gaula,… Ahora, los pensadores modernos idolatraban a artistas de circo, de cine, de fútbol, como auténticos héroes de la patria.

El silencio y el dolor callado del recuerdo se apoderaron de la ruta, hasta que el Quijote, asustado, hiperventiló antes de gritar: “¡Amigo Sancho, detén la Touran, que me vuelven las visiones!…

(continuará y terminará, lo prometo, ¡¡¡mañana!!!)

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