Actualizando a don Quijote (y 2)


…asustado, hiperventiló antes de gritar: “¡Amigo Sancho, detén la Touran, que me vuelven las visiones! A lo lejos. Distingo fortalezas de piedra, y sé que no son reales. ¿Quien podría, en mitad de la nada, afincar sus reinos con semejante construcción?”. Sancho enfocó a su izquierda y sonrió aliviado.

-Tranquilícese usted, don Alonso, que no sueña despierto. Aquello que nos sale al paso son los dominios de un posadero en la villa de Seseña, del noble señorio de Toledo.

Entonces recordó Alonso la historia. Aquellos muros fantasmales, imponentes en medio de la nada, eran resultado valdío de las grandezas de un villano que, cómplice con los señores de la época, había construído puentes, paredes, tejados, campos de golf, pistas de pádel, calles y calles hasta dejarse los tesoros en el empeño, confiado en que la nobleza del lugar le repondría con creces a cofres repletos de oro. Ahora que nuestro reino pasaba por época de vacas flacas, aquella Medina de nuevos cuños había quedado abandonada por sus primeros moradores. De cerca, era un pueblo muerto. Y por primera vez, en mucho tiempo, don Quijote sintió miedo.

El gepeese despertó para anunciar problemas. Estaban a vista de pájaro de la gran ciudad, pero tardarían en tomar tierra. Una procesión de hormigas de metal, como nuestra Touran, les frenaba el paso. Les detuvo. El Quijote se fijó en la neblina que cubría la villa. “He tenido noticia de una nube de ceniza, escupida por un volcán islandés, y que debe ser ésa que oscurece la población“. Sancho, que había seguido en el Twitter la evolución de la nube, le sacó del engaño. “Eso es mierda, don Alonso, mierda de la buena, de la que enferma al humano. Nada que ver con ceniza. Contaminación, gases, humos, suciedad. Eso es enfermedad, como la peste, don Alonso. Y está siempre ahí”.

Hacía que no afloraba la triste figura en la cara del caballero. El trote a ritmo de carroza por la A-4, las caras afligidas de miles de personas sin palabras, que compartían desfile camino de la villa, el recuerdo de las alegres marchas de antaño, cuando el paseo era en sí una aventura, hicieron mella en Alonso. Y más cuando, horas después, bordeó las chabolas que orillan la carretera, cuando quiso soñar de nuevo con la visión de una torre del demonio que resultó ser el Pirulí, cuando siguió la pesadilla y Sancho le contó de la historia de las Cuatro Torres, al norte, dominando la diminuta ciudad. El escudero comenzó a recitar entonces una retahila de episodios sobre negocios sucios, recalificaciones diversas, ventas millonarias, dineros pasados de mano en mano entre los señores de la Corte, intrigas palaciegas, desplantes de gobierno, ruinas de paisanos inocentes, asesinatos brutales, televisiones llenas de basura, periódicos cargados de odio, atentados, terrorismos, paro, droga, muerte,… Traiciones compradas por un traje y un reloj, mendigos sin oficio ni arte que se hacían de oro medrando, engañando, confundiendo, arruinando a la gente de buena fe. Más de lo que el mejor de los Quijotes pudiera afrontar.

-Sancho, querido amigo, ¿y donde están los nobles hombres y mujeres de ésta que siempre será gran villa? ¿Qué ha sido de la buena gente? ¿Donde se perdieron las historias que escribieron cuentos ya olvidados para nuestros hijos?.

-Andan callados, mi buen señor, escondidos. Están detrás de las caras de piedra de Cánovas, de la diosa Cibeles y el dios Neptuno. Detrás de Goya, retratados en el Prado; bajo la puerta de Alcalá, que lleva a la ciudad noble de nuestro don Miguel; en la plaza de España, junto a la estatua que nos hicieron con Rocinante y con el rucio, cuando éramos jóvenes. Frente a Vives y Nebrija, padres del lenguaje y vigilantes de un tesoro de libros sin usar; bajo Colón, que ahora mira al sur y nadie sabe por qué, él que descubrió el oeste.

Y así fueron subiendo por el paseo de Recoletos hasta la Castellana, acercándose como hipnotizados hacia “la puerta del infierno”, que dijo don Alonso Quijano, cuando vió a lo lejos las torres Kio, primera señal arquitectónica del destino que le esperaba a la ciudad de los números y los dineros. Detrás, como los colosos y los gigantes de sus novelas quemadas, las torres que quisieron llegar al cielo vigilaban barrios de gentes amontonadas. Sancho paró la Touran cuando el gepeese anunciaba la Plaza de Castilla. Don Alonso se bajó temeroso, mirando al infinito, no a los ojos, como cuando se enfrentó a los molinos de viento. Sabiendo que esta vez era real, y que jamás nadie les ganaría; tropezó con gentes de todos los colores, con un joven, apenas un niño, que cayó al suelo golpeado por un gesto perdido del manchego. Éste volvió en sí para echarle su mano, pero no tuvo tiempo. El niño, ya joven, se levantó de un salto: “¡Quita, viejo, ni me toques, coño; mira al puto suelo, joder, que mas dao una hostia que pa qué!”.

Vió alejarse al niño, un niño, tratando de buscar un significado oculto en las bravuconadas que le había oido. El Quijote miró a su alrededor, intentando saber qué había cambiado desde antaño, cuando él era justiciero de causas nobles. Encontró un mendigo tirado en el suelo, pidiendo caridad con un cartel mal escrito. Encontró rostros sin horizontes, desplazándose sin ilusiones, buscando el inframundo del Metro. Encontró trajes con personas que hablaban a la carrera por sus aifones, como Sancho, pero sin gracia. Encontró frialdad, muchedumbre, ruido, soledad, ruina. Quiso tener a mano su lanza, y se apoyó al hombro de su escudero.

-No puedo con esto, amigo Sancho, me rindo. El mundo está ido; yo era un loco, ellos son así, sin remedio. Ya no hay gigantes, porque los hombres los mataron; demasiados, entre éstos que veo, son malos, pobres de espíritu, tristes; y acabaron con la ilusión de los que señalan como a enfermos. Duele, mas no veo arreglo para ellos. Volvamos a casa, por favor, y lloremos por la vida.

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