El dulce canto de la vuvuzela

(publicado en Málaga Hoy, el 27/06/2010) Había quedado con la protagonista del día a tomar un café, y me fuí al “Plaza Mayor” de Potchefstroom con tiempo para darme una vuelta y comprobar que los jugadores de “la Azul” habían revolucionado el centro de ocio. Iniesta y Pedro en el italiano con sus respectivas y unos amigos; el otro Javi Martínez, y familia, en el asiático. Hasta la chica de la tienda de ropa deportiva afirmaba haber recibido la visita de “Toures“, el del Liverpool. Éste no es un dato confirmado. El resto, sí. Supongo que les agrada ir de compras o comerse unos espaghettis sin tener que firmar trescientos autógrafos. Todos, salvo Fernando. Es lo que tiene ser una estrella mediática de la Premier.

A lo que iba. Tenía pendiente una entrevista con la Señora Vuvuzela, así que me puse las espinilleras, porque intuía charla dura. Tiene motivos para ello. Me había documentado para la charla, y sin sorpresa vi que en estos días se había convertido en recurso fácil incluso para políticos. Blanco, el del “pepé“, había dicho que Rajoy, el del “soe“, es una vuvuzela de la crisis (¿es al revés? no me interesan los políticos, disculpas). La Señora Vuvuzela, en lo sucesivo “Vuvu”, venía de buenas. Jabulani me había recomendado. Zakumi, también. Eso no quita que marcara territorio en el minuto uno, como Chile el otro día: “¿Cuantas vuvuzelas llevas compradas?”. Eso es chantaje emocional: no he comprado ninguna pero tengo peticiones pa aburrir. Y también, ruegos para que no las lleve. “Vuvu” genera tantos amores como odios. Hablamos de sus orígenes zulús, de los que podéis saber en la wikipedia. Y me contó que su sonido emula el de los elefantes. No había caído pero se parece. Claro que cuarenta mil elefantes bufando no serían un espectáculo grato para oidos delicados.

“Tú, español, como todos los españoles del mundo, no tenéis motivos para hablar de mí. Vais dando gritos por la vida. Se os nota en cualquier sitio del mundo. Sois escandalosos por naturaleza. Como yo, pero lo mío no tiene arreglo, es genético. Bueno, lo vuestro también”. Vale. Tocado. Le doy la razón, por ganármela y porque la tiene, la razón. He leído que ya se usó en Argentina’78 algo parecido, y he tenido que convivir con Murphy, su ley y la aplicación práctica a los estadios de fútbol siempre. A mí me toca sí o sí, al lado, el de la bocina de las narices que ni siquiera tiene que esforzarse en emitir berridos. “¿Y qué me dices de los puros?”, continúa “Vuvu”. “Imagina a setenta mil señores fumando en un campo. ¿Se quejarían los jugadores? ¿Lo prohibirían las autoridades?”. Le contesto que ya no se puede fumar en las gradas de los estadios. Y replica: “Vale. Ya sé que Manolo es amigo tuyo. ¿Qué pasa si aparecen setenta mil Manolos con setenta mil Bombos en un campo? O con eso que tenéis en España, como se llaman, castañas. Me hace gracia que los árbitros entrenen con sonido ambiente ficticio, con nuestro sonido. ¿Por qué no entrenan a que el fondo sur les tire quince mil rollos de papel del culo, perdón, higiénicos, antes de empezar un partido? ¿Van a limitar el nivel de decibelios si cuarenta mil tíos entonan clásicos populares como el “sevillano el que no bote, es, es” hasta hacer reventar los timpanos?”.

Me tiene arrinconado, le corrijo con las “castañuelas” y le confieso mi percepción. Ante lo nuevo, lo exótico, es fácil tirar de recurso pueblerino y criticar por criticar. Y más si se juntan cuatro periodistas deportivos aburridos. Error. Le he dado pie a cebarse: “Éstas son historias de informadores escasos, que agarran un comentario perdido sobre lo molestas que somos, y a morir con ello. Por cierto, ¿tú eres el periodista que se quedó encerrado en un ascensor en Pretoria?”. Sí, pero no hago declaraciones. Es una chorrada. Me podría haber pasado con cuatro chicas pero sólo me acompañaba un compañero que lo pasó peor que yo, y que el torero de turno en España. “Pues yo oigo la radio, y lo dijeron: dos periodistas atrapados en un ascensor. Y lo de la pedrada. ¿Te parece normal hacer noticia de una pedrada perdida? En España os pasa cada fin de semana, en uno de cada cuatro partidos de fútbol. Los de un lado apedrean el autobús del otro lado. Y aquí os cae una piedra sin dueño y ya tenéis titular. La prensa española, atacada. Lo siento, pero no cuela”. Agacho la cabeza y me ofrezco a pagar el café, es lo menos. “A mí, todo esto me entra por una parte y me sale por otra”, nunca mejor dicho. “Iba a decir que me la sopla, por hacer una gracia, pero es grosero, ¿no?”. Le digo que en España sí, pero me ha dado un titular. Es grosero, sí. Cambio el titular. “Y, entonces, ¿lo vuestro es música celestial para los oídos, no?”, ironizo. “No me toques la trompeta, guapito, y afeitate, que yo te leo y no has cumplido“, me dice. “Lo cierto es que a mí, ya, no me molesta. Eres un protagonista más del Mundial, como los Bafana Bafana o Maradona. Él es más grosero, creo. De todo modos, ¿te importa no gritar cuando hablemos? Es que la gente lleva mirando una hora, y yo no soy un español normal, corneta de las narices“. Donde hay confianza…

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