Radiografía del forofo español

(publicado en Málaga Hoy el 02/07/2010) Andaba dándole vueltas a lo peculiar del “homus forofus“, ahora que van llegando muchos a Sudáfrica, y se nos cayó de la convocatoria el primero de todos los aficionados. Manolo el del Bombo regresa a España con lágrimas en los ojos y un gripazo del que no consigue recuperar. Nos deja huérfanos pero unidos. Con cariño, para él, esta aproximación al genoma del aficionado de la Azul, o la Roja (y otras maravillosas especies en general). Resulta que España, la Selección, está de moda. El turismo “deportivo” hace furor entre la afición. El viaje a Sudáfrica no es barato, y más si entre partido y partido incluyes una excursión a las cataratas Victoria y un safari por el Parque Kruger. Es decir, este Mundial no da para turismo mochilero, salvo honrosas y alocadas excepciones.

Ricos y menos ricos, pobres y más pobres, hay señas de identidad común de la especie que sometemos a análisis. La variedad “hispanis” del “homus forofus”, como ya dijimos en su día, es gritona, de conversaciones públicas por obligación. Donde va un español, se deja notar. Tanto que es difícil no añorar lo tuyo. Resulta sorprendente, y a ratos inquietante, la obsesión por buscar la “Casa Manolo” en cualquier ciudad del mundo. Es un restaurante del señor descendiente o pariente de españoles que te vende paella asquerosa, tortilla de papas deshecha y un filete de ternera gallega nerviosa. Es imprescindible una montera, el gotelé blanco en las paredes, y la cabeza de toro.
Es cuestión importante, ésa la de los símbolos. Pero en esto, tanta culpa tiene el español como el anfitrión. Ahora que hay confianza, nos han plantado en el hotel donde vive la Selección Española una variedad autóctona del toro hispano. Es un bicho con joroba que se llama “bramante“, al que le han colocado la bandera patria por faldón.

Supongo que es un guiño, ya que estamos durando más de lo previsto y en Potch nunca olvidarán a “Espania, Espania“. Seguro. El toro, o el primo lejano, que no falte. Y la bandera, menos. El seguidor de la Roja se cubre con la nacional, a modo de capa, quizá sintiéndose un héroe de tebeo tipo Superlópez. Y luego, las pinturas de guerra: venden en kit una especie de lapicero gigante con los colores nacionales, de tal modo que no tienes que andar con rotuladores y similares. Te tatuas la cara en un santiamén, y listos. Sólo te falta la Roja, en cualquiera de sus variedades: la oficial está haciendo furor, pero los setenta euros del ala, más el nombre del idolo en la espalda a cuatro o cinco euros, no está al alcance de todos. Eso sí, la mayoría hacemos el esfuerzo. Antes de seguir, diré que ésta es una introspección, y que el escrito es un autorretrato, en parte.

El ídolo es ídolo en tanto en cuanto no pasa de tí. No es que quiera el futbolista ignorar a los millones de forofos que le hablamos desde la confianza de conocerlos de siempre y siendo, como somos todos “tu fan número uno, tengo réplicas de tus calzoncillos desde que debutaste en juveniles“. Digamos que el futbolista invierte mucho tiempo en atender a los forofos. Pero para una parte que es bipolar, nunca es suficiente. Es característica de este aficionado pasar del amor al odio por una petición no atendida, seguramente, por no oída. O por inviable: “Casillas, hazme un hijo, dame tu camiseta y te doy no sé qué“. Puede pasar que el pobre Iker se quede sin camisetas, o sin ficha para mantener a millones de “churumbeles“. Entonces, el seguidor transforma su incondicional fidelidad: “Será el tío, con los millones que gana y no me puede hacer un hijo, ni darme su ropa“. Eso sí, en cuanto el futbolista en cuestión pintorrea la camiseta de los ochenta euros con un garabato sin sentido, la devoción vuelve: “¡Qué moooono!”.

Una última tendencia, recomendable pero peligrosa, es la de hacerse fotos con los rivales, “amigos para siempre y que gane el mejor“. Unos abrazos, un intercambio de llaveritos nacionales, la sesión fotográfica, y tan felices. Sólo que, si pierdes, coges la batería de instantáneas y las guardas en una carpeta del ordenador que se llama “Malditos los tíos éstos de Kazajistán que nos echaron del Mundial“. Por si el cabreo pasa algún día. Si no compartes idioma es más divertido. Ellos dicen: “ispaniol, ispaniol, Casilas, Chafi, Seryioramos“; y nosotros: “Vodka, danke, aligató, congratuleichons“, o algo así. Diré, por último, que cuanto mayor es la edad, más características de las señaladas se observan en el “homus forofus”. Por eso, suele pasar que los hijos de los seguidores, vestidos como los padres sin entender por qué, miren a sus progenitores y adquieran traumas que luego cuesta arreglar. Desde la mentalidad de un niño es difícil entender por qué hay que apalear verbalmente a Cristiano Ronaldo, si dentro de un mes, o pa su cumple, te pedirá su camiseta del Real Madrid. “Niño, ¿tú de qué equipo eres?”. El niño repite mecánicamente lo que la madre le enseñó para fastidiar al padre: “Del Real Madrid, del Atlético de Madrid y del Barcelona“. El padre, con su bandera al viento, su cara tintada, su montera y un grito de toro, responde desquiciado: “Niño, de España, tú eres de España. Viva España, coño“. Diga lo que diga “tu madre“. Punto.

2 Comentarios

  1. Gracias, Javier. Viniendo de un escritor experto y un lector exigente como tú, aunque seamos amigos, lo tomo como un cumplido y enrojezco como un tomate. Mil gracias, espero no desengancharte… A ver qué pasa el domingo… Abrazo

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