Excursión a la pobreza

(artículo publicado en Málaga Hoy el 05/07/2010) El 11 de julio vamos a jugar la final del Mundial en el Soccer City Stadium (dejadme que me crezca un poco, “me lo merezco“, más que Michel ante Corea). “La calabaza”, apodo que tiene el campo en cuestión, está pegado a Soweto, una ciudad anexa a Johannesburgo que, como ayer os anticipaba, le da un nuevo concepto al término “humildad”. Para simplificar el asunto, diremos que es un barrio de uno o dos millones de habitantes, adscrito a “Joburg“, pero con vida e historias propias.

Los niños negros de Soweto escribieron esa historia hace treinta años cuando el gobierno del “Apartado”, que es como han castellanizado los guías locales el “apartheid“, les obligó a recibir su educación en una lengua distinta a la suya en las escuelas. Ellos hablaban inglés, y los blancos un cocktail de varios idiomas llamado “afrikaan“. Se negaron, montaron una marcha pacífica, pero ésta acabó con cientos de muertos. Fue la chispa que encendió la mecha de la revolución contra la discriminación racial. En el Soccer dio Mandela su mitín más multitudinario. Los Mandela eran una familia más de Orlando, uno de los mini-barrios dentro de Soweto. La población es la única del mundo que cuenta entre sus habitantes a dos Nobel de la Paz. Además de “Madiba“, el predicador Desmond Tutu también era del lugar. “Soweto” significa “South Western Township“.

Soweto es el sur como Sandton es el norte, el barrio de los hoteles, el lugar donde se ubica el edificio de la Bolsa, donde los turistas ricos compramos figuritas tan horribles como gigantes y comemos carne de la buena. En Soweto la comida se compra y vende en la calle, separada de la arcilla por una manta sucia. Allí, la vida es callejera, aunque de lo alto de casas sin techo consistente crezca una antena de televisión que parece de otro planeta. En la calle se sestea, se corta uno el pelo, se compra ropa de colores. En Sandton compramos Jabulanis para la familia. En Soweto se juega al “soccer” con una pelota fea y parcheada. En el norte compramos zapatos de cocodrilo, tortuga, o yo qué sé bicho. En el sur, andan descalzos. Es tan grande que la visión de las casas matas que se mezclan con las chabolas se pierde en el horizonte. Cuentan a que esta gente le cuesta vivir en altura y por eso no hay bloques de pisos. También dicen que en según que zonas, como la tierra está escarbada por las antiguas minas de oro, no se pueden levantar edificios; se vendrían abajo.

En Sandton vivimos; a Soweto nos llevaron en un autobús de periodistas ociosos, y/o en busca del reportaje del día. Personalmente, quería ver con mis ojos la miseria de la que intenta salir, a buen ritmo, la gente con la que tratamos, que nos devuelve el trato con tanto cariño y que organiza con brutal esfuerzo este Mundial, como dijo Angel María Villar, “desde la necesidad”. Quería ponerle caras a la “necesidad”, sí. Exacto (no sé bien cómo explicar mi motivación, lo siento). El caso es que el guía del barrio metió el autobús, a través de un carril de tierra, hasta la puerta de chapa de las chabolas que tenían “vistas” a la carretera. De aquellas salieron unos cuantos niños, los mayores arrastrando de la mano a los pequeños. Del autobús bajaron una cincuentena de cámaras fotográficas y de video, con personas detrás que, a la voz del guía, se metieron en las chabolas casi sin pedir permiso. “Si puede ser, denles una gratificación“, nos dijeron.

Me sentí igual que cuando veo que empiezan las rebajas y nos tiramos a una chaqueta que está a mitad de precio. Recordé la visita al acuario de Durban y me sentí mal, francamente mal. ¿Cuanto valía el reportaje del día, cuánto aplaudiria el jefe en Madrid al reportero intrépido inmerso en los suburbios del Mundial? “Pues yo les he dado doscientos pichurros“, decía uno. El otro se hacía fotitos con “los negritos“, y les comprabámos una bolsa de chucherías que vendía la mamá de los niños. Supongo que nos sentimos genorosos y generosas “Angelinas Jolies“, o al menos eso venderemos cuando enseñemos las “fotitos” en casa. Me incluyo porque no quiero dar lecciones morales a nadie, ni que esta crónica lo parezca. Pero como no soy nada corporativista, diré que me quedé en el autobús, no me atreví a pisar la tierra. Por no molestar, sólo por no molestar. Hasta que todos volvieron y uno dijo “anda, enga, ámonos pa Sandton, que hay que comé”. No imagino un vehículo de chinitos viajeros llegando a uno de nuestros suburbios, afortunadamente cada vez menos. Y entrando en los viejos Asperones, a las casas tristes de nuestra gente. Que eso fuera atracción turística. Y que me pareciera bien. Espero que nadie se me enfade. Éstas, hoy que somos semifinalistas, también son historias del Mundial. Y marcan tanto como los goles de Villamaravilla“.

Un comentario

  1. Vanalizamos la miseria, al igual que nos aburrimos y decimos “que pesaos callejeros que siempre echa barrios pobres”,nos acostumbramos y lo aceptamos, pero siguen ahí y a ellos nos les vale cambiar de canal o subirse al autobús.

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