En el sur de los viejos navegantes

(publicado en Málaga Hoy el 30/06/2010) Al sur del sur, donde España se ganó los cuartos, hay un tierra de leyendas que se reivindica con hechos y razones. Con historias de tiburones y surfistas que buscan la gran ola, de puertos seguros que parecen hechos para el atraque de los barcos corsarios de hoy y siempre, playas donde arrivan chicas mudas cargadas con pianos y música celestial. Es un paraíso aún demasiado marcado con cercas electrificadas, para dividir no hace tanto por el color de la piel. Es un lugar de arena blanca y mar verde, violento, escarpado como la costa asturiana y mi Faro del Cabo Peñas. Con sus “casitas” de madera y habitantes blancos. Los “morenitos“, como dicen los guías turísticos para no molestar a nadie, viven tierra adentro.

La península del Cabo es una Cádiz sureña, grande y repleta de relatos donde los aventureros ganan y pierden, contra ellos mismos y contra la naturaleza. En “la Buena Esperanza” vaga el holandés errante, al que se ve con su “barquito” cuando estás buscando una cola de ballena que, para variar, ayer todos vieron menos yo. Por miope y torpe. Desde lo alto de la Punta de Díaz, por el portugués que pasó por aquí y dejó su bandera en primer lugar, entiendes por qué ese lugar es el Cabo de las Tormentas. El sol se esconde sin avisar y nos cae una tromba de agua a la que acompaña viento de mar, de ése que te impide hablar, te empuja hacia el barranco o te frena los andares fatigados.

Desde ese lugar único en nuestro planeta, tan referente para marineros de todos los tiempos, no piensas en pateras, ni en lanchas de contrabando, o yates de ricachones. Sólo intuyes, que no se ve, el “finisterre“, y piensas en la valentía de esos hombres que se embarcaban en cáscaras de madera para desafiar a los dioses. Al sur, el mar acabará donde empiece la Antártida. No sé cómo explicar mejor que pisé un puntita de la tierra que soñé en los libros de Melville, de la que leí en las crónicas viajeras de Vázquez Montalbán, un lugar más de los que conquistamos los fanáticos en las aventuras de Bear Grylls, el Último Superviviente. Es difícil hablar del simple fútbol cuando vi una roca familiar y me explicaron que estaba pisando la playa que sirve de portada a esa genialidad de la música de todos los tiempos que será la banda sonora de “El Piano“, que no sé si es mejor la “peli” de Jane Campion o la fantasía sonora de Nyman.

Ayer estaba tranquilo. Convencido de que esta noche nos iríamos para casa, y un pelín apenado porque no veía razones futbolísticas para no ganar a Portugal. Cuestión de “gusanillo”, que dice Rosety. Pues eso, que estaba tan convencido como satisfecho. Me quedaba en el tintero sumergirme en la pobreza de Johannesburgo, y jugar en cuartos contra Paraguay sería volver a la capital y soñar con la proeza deportiva de las semifinales. Escribí en negativo. La hora de cierre del periódico obliga a los compañeros de Málaga a un esfuerzo. Siempre que puedo, adelanto, aún a riesgo de tener que rehacer. Ayer, me olvidé de los futbolistas, de buscar pistas en su mirada. Hasta me resultó cansina María Villalón con su “lluvia” (llevaba tol día “chorreando”). Las broncas para llegar al estadio me pasaron de largo. Llegué tarde e imaginé nuestra Nueva Rosaleda en el mar de nuestro futurible Mundial en 2018, a la vuelta de la esquina. El campo de fútbol de Ciudad del Cabo es una ensaladera recién estrenada, blanca e iluminada de noche, que se integra a la perfección con el paisaje marítimo portuario de la ciudad. Es una preciosidad. No entendía por qué teníamos que perder, otra vez, en un estadio maravilloso. No quería guardar mal recuerdo de este lugar, y me prometí enseñaros las fotografías del lugar, por si lo del Puerto de la Torre no es definitivo, que imagino que sí (que no se enfade la gente, sólo que un estadio moderno junto al mar es seña de identidad de ciudad grande y moderna). No jugamos mal, pero nos falta algo, y nos sobran los errores en el pase, en el centro del campo. Uno va a ser un zarpazo letal si seguimos entregando balones fáciles. Torres no está, no es su día, hoy tampoco.

Gooooolazo de Villa y pido cabeza. Me acuerdo de Alemania ante Francia, es decir, del 2006. Llorente sale y cuando se tira dos minutos cambiando de camisetita me xjdurkdjr en toooó (onomatopeya de sonido irreproducible). La media hora más larga de mi vida. ¡¡¡Illa, illa, illa, villa maravilla!!! (como estará disfrutando Juanito, desde su palco vip del cielo. Seguro que nos presta el grito, que el Guaje es de los suyos, con dos…). Me he propuesto no mirar el crono, que esto es más laro que yo qué sé. Rebusco las partes “negatifas” de la crónica viajera (por si hay que cambiar). Quedan diez, y el alargue. Empieza el rondo. Preferiría que remataramos. Cinco, cinco, cinco… Dos minutos de alargue, dos minutos. Se acabó. A cuartos, a cuartos… (se ofrece futurólogo fracasado. Llamar al número habitual)

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