Disen que hay, disen que hay…

¿Por qué, si me pasé dos días a burritos, estoy como un vaca/foca? De un taco, he conocido el Azteca, el yetlá y el mal de las alturas. Para subir a la grada del Coloso hay que caminar por unas rampas interminables, en las que se inspiró seguro el Soccer City, que el miércoles me dejaron sin aliento. ¿Por qué? Mi pésimo estado de forma, pero también la torta que me cayó encima con el cambio horario y los 2300 metros de altitud de la capital mejicana. De la que me marché triste. Me pasó lo que a Calamaro, que sólo “conosí el estadio asteca”. En dos días, a entrenamientos, ruedas de prensa, ofrendas de Copa del Mundo y atascos, es imposible acercarse a la ciudad más grande que jamás conocí.

Ya aterrizando me vino a la memoria una legendaria frase de mis colegas de siempre, que cuando vienen a Madrid se pasan el viaje diciendo: “Oú vieo es que esto es mu grande”. A mí me pasó con el Deefe. Es gigante desde el aire, interminable, infinito, con sus veinte millones de humanos y al menos otros tantos millones de vehículos. Prometo que jamás volveré a protestar en la M-30, ni en la A-6, ni menos en la atascada A-7 de Málaga. La ronda mexicana, el Periférico, es indescriptible. Huele a quemado (quienes conocen de mi anosmia sabrán que es extraordinario que este cronista hable de olores). Hay personas que se pasan en ella del orden de dos horas y media a diario. Siempre. Sin remedio. Y para recorrer cuarenta o cincuenta kilómetros. Oú vieo…

Me vengo triste por no haber disfrutado del Deefe, ni tan siquiera en su plaza de las Tres Culturas (oú vieo si es grande, que tiene tres, no una). No pude ver a la Virgen de Guadalupe, santuario de peregrinación mundial (la Copa sí estuvo con ella, es lo que tiene ser Copa del Mundo. Además, se conocen. Creo que es la tercera vez que la Copa va a visitar a la Virgen). Vi el Deefe a través del cristal del autobús. Sus anuncios gigantes, sus eternas manzanas de edificios de dos alturas, sus grandes carteles de señalización vial, sus revolucionarios nombres para las vías Insurgentes, Revolución,… Sus lemas publicitarios. Su colorido en las paredes grafiteadas con aparente orden. Incluso me encontré con una pirámide patrimonio de la humanidad: Cuilcuilco, con más de dos mil años de antiguedad (un montón de piedras volcánicas sin forma de pirámide, pero bueno, algo es algo. Además, dicen que era un observatorio astronómico. Qué afán tienen estos pueblos por las estrellas. ¡Nosotros tenemos una, estrella, digo!).

Pero como disen que hay, disen que hay un motivo para todo, mi motivo de este viaje es el Azteca. Ya pregunté antes de irnos quien se venía, y la respuesta me la dieron los chicos de la Roja. En sus tuiter, feisbús y todo eso tenéis la prueba de lo molesto que fue para todos ir al legendario recinto de Santa Úrsula en pésima-fecha-que-destierren-a-Villar-ya. Quedaron fascinados, o mejor, embobados, que fascinados suena a cursi. Como todos, con esa mole de cemento en la que caben ciento cinco mil personas (no tantos vehículos). No es un estadio nuevo, claro. Ni llamativo desde el exterior. Pero tiene leyenda, tiene historia, tiene esa luz única que ha quedado enmarcada en tantas imágenes de fútbol.

Rosety se emocionó nada más empezar la narración para Clubseleccion.tv. Y no es para menos. Volvía al Azteca veinticinco años después del Mundial de México. Ya me gustaría a mí volver a algún estadio, al Soccer City, dentro de veinte años. No me veo. Gaspar se emocionó porque él vivió esa final de Argentina contra Alemania, el partido de todos los tiempos. Supongo que ayer, en la delegación española, era de los pocos que repetían. El resto, nos dedicamos a decidir cual era la portería en la que el Diego marcó. Ni los de lugar se ponían de acuerdo. Supongo que para ellos, el Azteca es algo más que la sede de dos finales del Mundial. Personalmente, imaginé el estadio con aquella cámara cenital que hacía sombra sobre el césped. Ya no está. Lástima. Pero el sol, la luz, el color siguen siendo los de las fotos, los de la tele en sus imágenes de archivo agrietadas. Entendí que la mexicana fuera la afición más numerosa en el Mundial, en Sudáfrica. Quieren ser grandes en fútbol, ya que lo son en casi todo. Me gustó la fiesta del fútbol en el Azteca, con la gente llegando pronto, comiendo burritos, bebiendo ricos zumos de no sé qué… Cierto que la Tricolor engancha, aunque no juegue, y que en el Azteca celebraban su liberación de los colonizadores, hace doscientos años. Los que íbamos de invitados, allí vivimos fútbol, y la sensación de estar en un lugar donde se escribió la historia del fútbol. La hicieron Maradona y Pelé, que levantaron nuestra Copa al cielo nublado, tormentoso, turbio, del Deefe. Como Iker, el pasado miércoles. También la alzó para ofrecerla a la gentes del lugar.

Por todo eso y mucho más que no sé contar, por la sensación de haberme colado en la foto de una que será historia de nuestro fútbol, el viaje al Distrito Federal mereció la pena. Disen que hay segundas oportunidades. Personalmente creo que sólo en según qué ocasiones. Lo intento otro día con la visita turística. Bueno, de momento, creo que antes me voy a trabajar al Caribe, sí amigos, al Caribe, je je je… Ya os contaré. ¿Hay alguna canción de Calamaro para estadios caribeños del sur?

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