Mi viaje al no Caribe

Resulta que estoy al sur del Caribe, sí. A quince o veinte kilómetros de playas caribeñas, sí. En una isla, del Caribe, sí. Y como si estuviera en Leganés. Con tormentas más puntuales que el AVE al mediodia, borchorno hasta de noche, humedad sanísima para abrir los poros, calor para aburrir, y sin embargo, viviendo una experiencia única.

Porque resulta que el fútbol es algo más que la derrota de España en el campo de River, que supongo que habrá quien pida que nos arranquemos y devolvamos la estrella de la Roja, y el Príncipe de Asturias de los Deportes, (disgresión: no entiendo por qué se lo dan a la Selección Nacional Absoluta y no a la Real Federación Española de Fútbol, que es el ente. ¿Se lo darían al Real Madrid, o al primer equipo del Real Madrid?). Digo: que estoy viviendo una experiencia única desde que me colaron de rondón, o me colé, mejor, en la expedición de la Selección Nacional Femenina Sub17 que juega el Mundial en Trinidad y Tobago. De “Media Officer”, que dicen los señores de la FIFA. Convivir con un equipo de deportistas de élite, a su edad, en femenino, pero no menos élite que la élite habitual, me está abriendo los ojos sobre el día a día real de cualquier grupo como éste. Una realidad en la que lo externo tiene poca importancia cuando marcas horarios exigentes para amanecer, dieta exigente para alimentarse, tiempos de ocio contados, unas normas de convivencia que tienen su historia… Y todo, llevado siempre con ánimo, con alegría, con buen rollo (cabreos, haylos, los lógicos y normales). Porque el objetivo, ganar, ganar y ganar, lo merece.

La disciplina es importante, si no entendemos disciplina por látigo y griterio, sino por capacidad para adaptarse con rigor a las normas establecidas. Es un grupo en el que el respeto a la jerarquía es condición de entrada. Supongo que a base de muchas convivencias como éstas, la gente que rodea a las futbolistas se ha creado unas tradiciones que conviene aprender y seguir por salud general. Es un grupo en el que todos, a una, cargan, cargamos, bultos con el material de trabajo, en el que se comparten comidas, bebidas, calores, fríos,… Es una Selección alejada del glamour, supongo como todas las que no son la Absoluta. En la que todos arriman el hombro cuando se necesita, al margen de que cada cual cumpla con su papel. Nadie mira por encima del hombro a nadie, se gana al rival pero luego se le sonríe con amabilidad si compartes ascensor, o comedor,…

Éste es un Mundial en el que estoy aprendiendo a marchas forzadas cómo vive una Selección, un equipo, un grupo de deportistas: quizá no lo esté explicando bien. Desde dentro, comprendes situaciones que eran inexplicables estando en la tribuna de la prensa: por ejemplo, entiendes la sensación que genera que esté esperando un compañero periodista y no puedas encontrar a la futbolista que lo tiene que atender. Te das cuenta de la importancia de no alterar los hábitos y rutinas de grupo por asuntos como una entrevista, una rueda de prensa, una visita inesperada del famoso o invitado de turno,… O mejor, te das cuenta de cómo conviene aprovechar los tiempos, si es que apetece hacer bien las cosas, claro. Algo tan absurdo como un pin, lo que en caro se llama insignia, te puede abrir puertas hacia las relaciones diplomáticas más necesarias del mundo para arreglar un problema.

Desde dentro, aprendes de la importancia de devolver un saludo a la gente que te sonríe y aplaude desde la calle, cuando vas en el “autobús nacional”. Saludas tú que no eres nadie, pero saludas porque conviene ser educado, es gratis y quedas de maravilla con la gente. Aprendes de las bondades que acarrea tener gestos de complicidad con las personas que te aplauden por el uniforme que llevas, por el escudo del pecho, por el traje de “campeón del mundo, y con estilo”. Insisto: igual no me estoy explicando bien, porque la perspectiva no es buena, en esta tarde de descanso que tenemos, después de ganar a Japón como los campeones, que titulé en http://www.rfef.es/; resulta que ellas tuvieron las oportunidades y nosotros marcamos los goles. Fue un cuatro a uno que nos debe servir para mejorar.

El caso es que no os puedo contar lo cristalinas que son las aguas de Maracas Beach, que es un playón caribeño que debe de haber cerca, porque no lo hemos ni olido. Espero verla antes de irnos. Tampoco puedo hablaros de las fiestas caribeñas, ni de la comida caribeña, ni de la bebida caribeña, ni de nada caribeño (desde el autobús te acercas un poquito a la realidad de esta zona, pero sólo un poquito). Espero avanzar en estos temas antes de volver, pero para mí, en este viaje, de verdad, se han abierto más horizontes que los puramente caribeños. Ya habrá tiempo, (prontito, por favor, ¿verdad?), de cumplir con viejos sueños en los que me veo tumbao en una hamaca, con los pies metidos en el mar verde que vi desde el avión (imagen de la derecha), y dando cuenta del listado de daikiris del Todo Incluido, a uno cada veinte minutos, que me los trae mi colega Yoni, al que le he untao con veinte dólares para que no se olvide de ninguno. Y de vez en cuando, me giro, me caigo de la hamaca directamente al Caribe, y cazo un bovagante, de tapita.

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