El gesto

¿De verdad alguien cree que Vicente del Bosque, el discreto, el moderado, el prudente, el de la timidez bien entendida, el… Vicente del Bosque, el que conocemos… De verdad alguien piensa que se saltó el estricto y real protocolo por su cuenta y riesgo, en un arrebato de emoción incontrolable, para acudir al graderío a recoger de la mano a Luis Aragonés, Luis Aragonés, y colocarlo a su lado en la foto de los Premiados? ¿De verdad?

Ayer, mi primera reacción fue preguntar si Luis está enfermo, o tenía algún problema físico. Lo noté como apagado, aún en el momento álgido de la cuestión. Me dijeron que no, que no le pasa nada, nada más, aparte de su congénito “pasodetodoymedatodoigualynomemocionoporná”. Mi segunda reacción fue curiosear, hasta que me crucé con el maestro Luis del Olmo y me vino a la mente una frase que siempre le atribuí: “La mejor improvisación es la que está escrita”. A poco que uno olisquea, percibe que el gesto no fue improvisado, que Del Bosque y los jugadores no hubieran roto el protocolo de la ceremonia sin pacto anterior. Y a poco que uno conoce los entresijos de las mentes pensantes de estos territorios, adivina que el gesto, ése gesto por el que de nuevo le aplauden hoy todos los palmeros de siempre, es suyo porque lo ejecutó bien. Pero no es sólo suyo. Quien lo pensó, quien lo ideó, lo hizo para revertir la cuestión, y de donde alguien quiso hacer un problema (Aragonés, acoplao sorpresa en el evento), el ideólogo encontró una oportunidad de, como por la noche decía Vicente, “dar la imagen de unión en el fútbol español”.

Vicente leyó prudente el discurso que tenía preparado sin saltarse una coma. Antes, recogió el diploma de manos del Príncipe, y ejecutó, mientras los jugadores, que parecían saber que el míster iba a acudir a buscar a Luis, no acertaban qué hacer (mirad cómo Javi Martínez no sabía pa donde tirar en esos segundos eternos). Luego, el salmantino dejó que se colocara entre él y Luis el presidente de la RFEF, y cuando le preguntamos por el gesto, volvió a su moderación habitual: “había que dar imagen de unión en el fútbol español”, me dijo al menos a mí. Aunque no he podido preguntar a quien me puede responder, imagino que la Fundación, la Casa Real, don Felipe, conocían de antemano el gesto, y lo aprobaron. Por todo ello, hoy me sorprendo (ingenuo yo) con los aplausos uniformes al técnico, al que tenemos que aplaudir día sí y día también, por otras muchas cuestiones, bondades y logros. Pero, creo que por el gesto en sí, a medias. Creo que alguien debería ir más allá. Entiendo es cuestión de ganas, y de interés: vamos, que nadie las tiene, y prefiere quedarse con una bonita verdad a medias. Pero en fin, dejémoslo.

Quiero aprovechar el paso por Oviedo para dejar constancia de varios temitas de la crónica social. Uno: me impactó la delgadez de doña Letizia. Dos: me preocupa que Saritísima se cree una imagen mala, porque es la novia de España igual que Vicente es el abuelo de España (todas querrían ser la elegida por Iker, y ella lo es). Va estirada y distante, y me dicen que ella no es así. Le dejamos un tiempo prudente de aclimatación al cargo: Iker, que ya es maestro de estas cosas, le dirá que sonría, y que simpatice con la gente. Si no lo hace, mal rollo.

Tres: no entiendo la presencia de los Valdanos de la vida entre los invitados a los Premios. Salvo por llamar la atención, y creo que esta cita no lo necesita. Me sorprende divisar a tanto televisivo en el patio de butacas del Campoamor. Los Premios no los necesitan. Me indigna que, con tanta gente de la tierra que deseará, supongo, estar en ese lugar, por raíces, por amor, por costumbre, porque son sus premios, los de su casa,… se regalen butacas a caras bonitas sin relación con el sarao. Por llamar la atención, supongo. Y cuatro: Oviedo no es mi lugar favorito de Asturias, pero me sigue pareciendo una ciudad señora, una Vetusta por la que no pasan los siglos ni las modas. Sólo por sus calles se puede mirar un culo sin pudor (momento al que corresponde la imagen 2), y sin que te insulte la propietaria, fotografiarse con él, o cruzarse con Woody Allen (que se parece a Jabo Irureta, en la imagen 1) y pasear un momento a su lado, sin mediar palabra, ni saxofón. Así, mejor, en silencio, que si coge carrerilla puede ser mu cansino, el hombre. Como sus pelis.

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