La Quinta del rondito

El primer día, los vi entrenar en la Ciudad del Fútbol y me asusté. A finales de mayo, los veintitrés se juntaron para ganar el Mundial, y los entrenamientos consistían en cinco minutos de carrera para calentar, un par de ejercicios físicos para justificar, y dale al rondito: ronditos de todas las clases inimaginables. Los había por grupos contra uno que intentaba robar el balón, con mini porterías en cuatro equipos, con porterías y porteros a medio campo,… Con ronditos, calentamiento y remates a puerta se completaban día a día los entrenamientos, en la Ciudad del Fútbol, en Schruns (recordemos, donde vive Heidi) y en Potchefstroom (recordamos, tormenta de tapitas del cocinero, en idioma boer).

Llegaron las críticas después de los bolos preparatorios de Austria, y yo las ignoré porque me encontraba con unas sesiones de entrenamiento espectaculares: a base de ronditos, pero espectaculares. Recuerdo una, en Schruns, un día que llovía, en el que arranqué con “olés” solitarios y congelados ante la precisión de los toques, la brillantez de los controles (y más, estando por medio el Jabulani, bendito Jabulani), la intensidad de los cuarenta y cinco minutos de trabajo. Aquel día me dije a mi mismo: “estos disfrutan como cochinos jugando al fútbol. Y lo hacen de maravilla”. No pensé que podríamos ganar el Mundial, pero creo que aquella jornada, en aquel campito de pueblo alpino empezó a gestarse en mi cabeza inquieta la normalidad con la que asumimos el triunfo en el Soccer City (Ciudad del Fútbol) de Johannesburgo.

El rondito, disgrego, se basa en un principio elemental del fútbol, uno que nos enseña el míster cuando tenemos once o doce años: toque y desmarque de apoyo, toque y desmarque de apoyo, toque y desmarque apoyo, hasta que aparece el hueco, y entonces tocas y tiras un desmarque de ruptura, para encarar al rival.

Este concepto, tan básico como difícil de aplicar, es el que nos sirvió para maravillar al mundo en Sudáfrica, y el que le sirve al Barça para ir de cinco en cinco (pocos son, con lo que juegan). Parece fácil, pero no lo es: hay que tener jugadores que te milimetren los pases, que inventen con el control, que tengan ojos en el cogote, que disfruten jugando al fútbol como niños. Y hay que aplaudirles cuando no les sale con quince años, cuando llega un veterano y les da una leche para que se dejen de toquecitos. Puede llegar un autobusero como Mounaccio, cerrarte todas las puertas con candados y que ese día no aciertes con la llave, te gane un partido y te eche de la Champions. Puede sorprenderte un Robben a la contra, y si no tienes a Iker Casillas, el justo merecedor del Balón de Oro, te meta dos goles y te quite la Copa. Pero lo normal es que si eres un vocacional artista del rondito eficaz (no confundir con bicicletitas inútiles), y las cosas te salen medianamente, en esto del fútbol, triunfes. Si encima, va el rival y no aprovecha que puedes estar cansado, o disfrutando de la Copa del Mundo, y te pone enfrente al entrenador que más te motiva para seguir teniendo retos, asunto resuelto. La fórmula no tiene misterios: Campeones del Mundo + Mejor jugador del Mundo + Motivación = el resto, que se peleen por el trofeo de la galleta, por construir hoteles, por comprar aeropuertos o por las migajas que deje la Quinta del Rondito. This is furbo, coño!!!!!

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