El fin del mundo, el principio de todo

En la Argentina, todo es sí pero no, o no pero sí. A bote pronto, de primeras. El melodrama es estado nacional, aunque éste es tema para otro día. Ayer fue el día de la patria, y Cristina Fernández, que se ha quitado el Kirchner del nombre de batalla, arengaba a la nación a lo Evita, “en un mundo que se va a pique”.
Hoy arrancamos el día desde Ushuaia, la ciudad más al sur del planeta, dicen. Territorio carcelario, lugar rudo, de extremos, en un huequito entre un revoltijo de mares, aguas, montañas, ríos, nieves y soles. Donde te venden el pescado aunque les cuesta salirse del bife. Lugar de paso y reflexión para Darwin y Julio Verne, que le dedicó un cuento al Faro del fin del mundo, en el Beagle. Terreno de siembra para aventureros y descubridores: frío, húmedo, inóspito, virgen, grande, en una isla argentina rodeada de Chile por todos lados.

Con Chile no hay buen rollito, me da. Los mandatarios se dividieron la zona en su día y pusieron un paralelo a separar naciones. El resultado es que el Canal Beagle es chileno en una orilla y argentino en la otra, y sus aguas son pacíficas, aunque los argentinos se declaren ubicado en el Atlántico. Agria pólémica ésta, en la que no seguiré profundizando, de momento.

Hacia el interior, descubrimos el Parque Nacional de Tierra de Fuego, el lago Roca (que en su parte chilena se llama de otro modo), el río Pipo, el tren de los presos, los caballos salvajes, los sandwiches de centollo, el chocolate Home made. Hacia el mar (de aguas del Pacífico), las islas del Beagle, la barrera natural que es la Isla Navarino, que separa el Beagle del Cabo de Hornos. La Antártida está a mil kilómetros (ná y menos). El Polo Sur, a tres mil. Surcando esas aguas del Pacífico, encontramos leones marinos en libertad, focas juguetonas que se divierten con la estela del catamarán, y transmiten felicidad de un modo extraño, cormoranes (pingüinos que vuelan) ruidosos, un laberinto de islas al que un señor de nombre Bridges llegó un día y le puso los nombres de sus familiares, esposa e hijos. Tan ancho se quedó. Uno, que no filtra, intenta ponerse en el papel de los señores navegantes que hace quinientos años llegaban a la zona después de meses de navegación, y provistos de un gepeese mental y una cascarría de madera, decidían si iban por uno u otro lado. La decisión les llevaba a la historia, los mapas y los libros de texto. O a la muerte y el olvido. ¿Cuantos

Magallanes navegaron por estas aguas, del Pacífico, hasta que don Fernando triunfó y vivió para contarlo?

En estos lugares que tocas unas vez en la vida, que te llevan al límite propio, yo siempre llego a la misma contradicción: qué grandes y qué pequeños somos a la vez. El aire fueguino da vida. Y ahora pal norte, al Perito Moreno.
P.D.: me da la sensación de que les apetece a los argentinos poco hablar de fútbol, al menos con los españoles. Yo, por si acaso, saco pecho. Sí, señor.

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