La mano

Es el azul más azul del mundo, le dice Alma, mientras aguardan escondidas a que den el aviso. No es momento para llorar. Aún no. Le duelen las rodillas de estar agachada, oculta. Tiene hambre, hace días que no prueba el pan. No le importa. Fátima espera en una playa del sur, al sur del sur, la señal para embarcar. Mientras, trata de saber si la lancha que les llevará a Europa es fiable. Nadie da explicaciones. O montas, o mueres.

Suena una radio y a Fátima le resulta extraño el tono de la música. Le suena amable y reprime un suspiro… I had a dream, we were sipping whisky neat… ¿Así será su vida cuando todo pase? ¿Llegará a entender las canciones de los blancos? No sueña. Su destino es luchar, pero agradecería un gesto amable, una mano a la que agarrarse. La mano. Dame la mano, Alma, le dice a la niña, que anda revoloteando con la arena fría. Debe mantenerla seca. Es enfermiza, así que gastó casi todo su dinero en un abrigo para su hija. El resto, para el pasaje más barato. Una anciana cuenta que las barcas son seguras, y dos o tres días en el mar no son muchos. Fátima se siente afortunada. Ha llegado hasta la orilla del Mediterráneo. Muchos no pueden decir lo mismo, en el tercer mundo.

Apenas ha cerrado los ojos un segundo, sin querer, cuando oye el grito de salida. Todos a bordo. Alma está dormida, y la alza tratando que no despierte. A pesar de los gritos, de los jóvenes que cantan, del chapoteo de las olas que orillan. Podría correr más si la niña anduviera tras ella. Pero la prefiere seca, hasta donde aguante sin mojarse.

El pasaje se amontona sobre huecos imposibles de la embarcación. Los hombres se alternan el timón entre risas. Fátima cuenta varias familias y mucho joven. Alguien pide silencio. El ruido puede llamar la atención de algún barco militar, de los piratas de la costa. Identifica el llanto de un bebé. En la noche, atrona contra la paz. El mar ya es negro, como el cielo, negro sin luna, teñido con estrellas. Mientras mira al cielo, al balanceo de la marea suave, Fátima cierra los ojos.

La mano, Alma, despierta sobresaltada la mujer. Ha descuidado a su niña, que juega tranquila con otro pequeño. Es menor que Alma y lleva unos bonitos zapatos y un pantalón azul, estridente, que le deja las piernas al aire. Los niños no hablan. Se entienden sin palabras, sin raza, sin fronteras. Se llama Aylan, dice Alma, cuando vuelve a su regazo. Apenas logra sentirse bien un minuto, hasta que identifica el olor a vómito que impregna la lancha. El vaivén de las olas va a más. La radio no suena, los jóvenes navegan tensos. Fátima echa en falta alguna de las caras que embarcaron.

Alguien comienza a rezar. Es el tono de una mujer. Probablemente, la anciana que le habló en la playa. El mar se riza. Se escucha un grito de hombre. Fátima no entiende la orden. Otra voz rompe el chapoteo de la barca contra el mar. El bebé arranca a llorar. Un joven desafía su equilibrio para alcanzar a la mujer que ora. Le pega. Ella calla. Otro de los hombres encara al joven, discuten. El llanto del bebé atrona, por más que su madre trata de ahogarlo sobre su pecho. Está pálida, alcanza a ver Fátima. Dame la mano, Alma. Uno de los hombres arranca el bebé de los brazos de la madre. Lo lanza por la borda, mientras el aullido de la madre se le clava a Fátima en la sien. Aparta la mirada justo cuando la muchacha se tira al mar. Nadie hace por ayudarla, mientras las olas balancean cada vez más la barca.

Han pasado horas y ya no hay rumbo. El destino lo marca el mar, a ritmo de corrientes. Otro joven salta al agua y echa a nadar. El agua rodea la lancha. Fátima abriga a su hija. Se alegra de haber comprado el abrigo. La niña dice convencida que no, que no tiene frío. Se distrae con los ojos de su hija y apenas consigue gritar contra una ola grande, más alta que una palmera, que va contra la barca. A paso lento, la ola impulsa la nave contra el cielo y está a punto de volcarla. Fátima abraza a Alma y cierra los ojos. Los rezos se apagan y ella sabe que la anciana ha caído al agua.

Casi todos los hombres han saltado por la borda. Cuantos menos queden, menos pesará el bote. Egoísta, se dice a sí misma, mientras piensa en el aliento que guarda para cuando llegue al otro lado. Más olas. Más grandes. El viento la marea. La lluvia no alivia la sed. Todo esto pasará, imagina. Alma aguanta el llanto, valiente. Otra ola desarma la lancha. Fátima trata de agarrarse a una soga mientras sujeta a la niña. Le fallan las fuerzas, le duelen los dedos. Intuye llantos de hombres y mujeres. Nadie se mira a los ojos. Otra ola la zarandea. Aprieta los cuerpos contra el plástico de la balsa. Cada vaivén las hunde más. El mar no es azul. Es frío, piensa, mientras protege a Alma del agua. El pelo le cae sobre la cara y le nubla la vista, pero aún así busca tierra. Necesita llorar. No se avergüenza. Todos lloran. Otra ola escupe un bidón que le sacude en la nuca. El golpe es seco. Traga agua. Sabe que aún está a flote. Nota el aire y la lluvia. Otra ola. Y otra más. Más olas y menos llantos. Ese es el único ritmo mientras busca el latido de su hija en el corazón, y suspira. La mano, por favor, Alma. Ya queda poco. Agárrate fuerte, hija. Sé fuerte, mi vida. No sueltes la mano, Alma. No me sueltes, no me dejes sola. Te quiero, mi amor.      

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